Escribir desde mi vulnerabilidad no es fácil, la mente juega sucio, quiere alimentar mi ego, protegerse, pero me mantengo fuerte y busco ir más adentro hasta que las lágrimas empiezan a fluir y las sensaciones se avivan.
Me da miedo decir lo que siento y pienso, me da miedo darme cuenta de cosas que quería mantener escondidas. Me da miedo decir que siento coraje cuando alguien hace algo mejor que yo; me da miedo admitir cuando me equivoco, el resentimiento puede durar más días de los que me gustarían; me da miedo decir que si soy egoísta y no siempre quiero compartir con los demás. También siento vergüenza, vergüenza de explorar mi cuerpo, vergüenza de mostrarlo porque no puedo dejar de pensar en que otros puedan decir que lo hago para llamar la atención, y si, me da miedo otra vez admitir que puede que si lo haga por eso, que me ha tomado tiempo aceptarme y ahora quiero mostrarme en todas las facetas que quiera compartir. También me da miedo compartir tanto en redes sociales, porque aunque quiera calcular el impacto la verdad no deseo hacerlo, porque yo también estoy aprendiendo. Me da miedo equivocarme, pero me aterra permanecer tanto tiempo en mi zona de confort, porque ahí se que todo permanecerá igual, y sentir que no estoy viviendo ya no es opción.
Por algún lado leí, escribe hasta que te desconozcas, o algo así, por eso escribo, porque en algún punto la mente baja sus defensas y sale aquello que tanto estaba cuidando, puede que duela, pero ya afuera quita peso. Escribo para conocerme todas las veces que sean necesarias. y cuando me siento abrumada de tanto, me recuerdo que la vida no tiene sentido, que chance no hay un fin, y solamente se trata de vivir lo que te de curiosidad, a veces aventarse al ruedo para ver que pasa, y simplemente confiar en que las cosas saldrán bien.

